No sé si reír o llorar
Hace cosa de un año, mi amigo Samu me comentó que él no iba nunca a la peluquería porque se cortaba él solo el pelo en su casa. Teniendo en cuenta que algunos nos solemos cortar siempre igual de corto, usando una máquina cortapelos y unas tijeras para los pequeños retoques se podían obtener resultados bastante profesionales. Me resultó convincente y, sumado a mi rechazo hacia las peluquerías (no me gusta que me toquen el pelo), me compré una máquina cortapelos baratita para probar. El primer experimento no salió del todo bien y provocó algo de cachondeo. Me había dejado un pequeño “escalón” entre la parte de arriba y los laterales, pero después de retocarlo un poco, ya nadie se dio cuenta y pasó por un corte de peluquería.
Un mes antes de la boda de mi primo, y ya con un cortapelos nuevo, no encajé bien el peine (que es el adaptador ese que se usa para marcar la longitud de corte) y al pasarme la maquinilla por todo el centro de la cabeza -para qué iba a empezar por un ladito…- el peine cedió y me rapó totalmente desde la frente hasta la coronilla. Acojonante la imagen… en fin, que como era agosto y hacía calor, pues bueno, volvió a parecer que lo había hecho a propósito y que era más que nada por la temperatura. Afortunadamente para la boda ya me había crecido un poco y no dí el cante.
Pero lo de esta ocasión supera todo lo anterior. Ayer por la mañana me dispuse a cortarme el pelo con toda mi ilusión ya que la vez anterior me había quedado perfecto. Cortecito por aquí, cortecito por allá, retoquito por aquí, quitaescalones por allá… me estaba quedando más corto que otras veces, pero bueno, me veía bastante bien y estaba satisfecho. Total, que llamé a Jose para que me echara una mano para recortarme el pelo del cogote cuando me dijo con una cara extraña:
¿¿Raya?? ¿qué raya? Para mi desgracia, el espejo del armario de mi baño no me permite verme por la parte de atrás y por más que giraba la cabeza como un gilipollas no me lo veía. Me empecé a poner nervioso… “Jose, por favor, hazme una foto”, le dije angustiado.

¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAH! ¡Pánico! Ni que decir tiene que cuando vi la foto quería que me tragara la tierra. Ese trozo que veis sin pelo y que parece la desembocadura del Ebro me lo había rapado sin querer al cero, probablemente al pasarme la maquinilla torcida por la parte de atrás. El peine no hizo su función y ¡RACAAAAAAAAAA! Durante unos minutos sufrí un colapso y, en plena crisis, pensé recoger el pelo del suelo y echarme pegamento de barra y cubrirlo, comprar limpiazapatos negro y darme en la calva… Ahora suena ridículo pero en ese momento no paraba de pensar: ¿Dónde coño voy ahora con la cabeza así?
Finalmente fui a la peluquería de Paqui, la tía de Jose, que además de partirse el culete de mí hizo lo que pudo para que pudiera salir de la peluquería con un mínimo de dignidad: me rapó todo el lateral de la cabeza al cero y me dejó un pequeño islote de pelo a modo de mopa en la parte de arriba de la cabeza, al más puro estilo cani… a mis 32 añazos… Soy lo más parecido a un Marine de los Estados Unidos (con la cara de capullo incluida).
La verdad es que durante un rato me deprimí bastante. No es normal que estas cosas me sigan pasando a la edad que tengo. Es que parece que no aprendo. A la gente le hacen mucha gracia mis historias, pero a mí ir mañana a trabajar con un gato negro tumbado en la cabeza… pues como que no me motiva mucho. Animado por Jose he pensado que lo mejor es tomárselo con humor y reírme de mi mismo antes de que lo hagan los demás. Eso sí, también tengo que repetir un millón de veces y memorizar esta sencilla frase:
¿Y ahora? Pues nada, ahora a esperar a que me vuelva a crecer y a aguantar alguna burla que otra… pero así es mi vida. No me metáis mucha caña, por favor…


Resulta curioso como una decisión simple e intrascendente puede hacernos cambiar. Hace hoy justo 3 meses que adquirí un ebook: el Sony PRS-300. Me costó lanzarme -ya de por sí suelo dudar mucho a la hora de comprar algo- y es que nunca he sido un gran lector. Vamos, que salvo lo que leí durante mi época de estudiante y cuatro libros más (los típicos de Stephen King que uno lee en vacaciones) no me había dado por ahí. Soy un consumidor compulsivo de música, me gustan los videojuegos (tampoco soy adicto), hacer deporte, navegar por internet… en fin, que siempre he tenido otras cosas más interesantes que hacer que perderme en las páginas de un libro, la verdad.